The Summer Hikaru Died y la ternura de lo monstruoso

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The Summer Hikaru Died y la ternura de lo monstruoso

La premisa se lee como terror, y hay tramos en que la serie da miedo de verdad, pero el monstruo no está ahí para asustarte. Está ahí para que lo quieran y para corresponder, y casi todo el horror no es más que el roce de esos dos hechos contra un mundo que no tiene sitio para ninguno de los dos. The Summer Hikaru Died usa lo sobrenatural para volver literal lo que la intimidad normalmente solo insinúa.

En enero, en una aldea aislada de la prefectura rural de Mie, un chico llamado Hikaru se está muriendo solo en una montaña prohibida cuando algo que los del pueblo llaman Nonuki-sama lo encuentra, lo devora y adopta su forma — conserva sus recuerdos, su voz, su calor, y por debajo es una cosa completamente distinta. Una semana después, ese Hikaru nuevo vuelve andando a la aldea y dice que no recuerda nada. Pasan seis meses. Y entonces, una tarde de bochorno cualquiera, compartiendo un refresco como llevan haciendo desde niños, su mejor amigo, Yoshiki, lo dice en voz alta: tú no eres Hikaru, ¿verdad?

El pacto

Hikaru (monstruo) — y así lo llamaré durante todo el texto, porque la serie hace de él un personaje más completo, más presente y más real que el chico al que sustituyó, y llamarlo «la criatura» sería mentir sobre la ternura con que lo trata — no se lo ve venir en absoluto. Creía que lo había copiado a la perfección. Y entonces suplica. Que no lo delate. Es la primera vez que está vivo como humano y lo está disfrutando; le gusta Yoshiki, y mucho; y dentro de la súplica, dicho tan suave que se te puede pasar el peso que tiene, está lo que apenas sabe decir: que, si el secreto se descubre, tendrá que matarlo.

Yoshiki, que quería al Hikaru de verdad y a quien acaban de confirmarle la pérdida de la peor forma imaginable, acepta guardarle el secreto. No por miedo. Porque una copia de Hikaru es mejor que un mundo sin ningún Hikaru.

A partir de esa tarde la serie se convierte en algo muy preciso: la historia de dos personas unidas por un secreto y de esa intimidad conspirativa, tan particular, que solo nace de un secreto compartido. La aldea entera está llena de cosas que observan en silencio y de investigadores que van llegando, y la presión de tener que ocultarlo los empuja el uno contra el otro, hasta una cercanía que no tiene adónde ir salvo hacia dentro.

Dos criaturas al margen, no un chico de luto

Esta no es la historia de un chico que llora a su amigo y se conforma con un sustituto. Es la historia de dos criaturas al margen que se reconocen.

Yoshiki siempre ha sido el raro — solitario de una manera que ya venía de antes de todo esto, ajeno a los ritmos con los que se mueven los demás, mirando siempre el mundo desde algún punto detrás de sus propios ojos. Se ha pasado la vida entera haciendo el papel de persona normal, y lo hace lo bastante bien como para que nadie se fije. Entonces llega Hikaru (monstruo) y por primera vez hay otro al otro lado del cristal, mirando hacia dentro a su lado. Otro observador. Otro impostor con una cara humana que no le queda del todo bien. La soledad de no parecerse a nadie por fin se rompe — porque el que está a su lado, ahora literalmente, no se parece a nadie. Y encima de ese regalo imposible: el Hikaru al que quería le devuelve la mirada y le devuelve el sentimiento. De pronto Yoshiki no está solo. De pronto lo desean. De pronto lo necesitan. De pronto hay alguien que lo fascina y alguien a quien él fascina. No quiere a Hikaru (monstruo) como una versión rebajada del original. Puede incluso que lo quiera más, porque el monstruo es el único ser vivo que comparte su condición exacta.

Y los sentimientos que van en el otro sentido tampoco son heredados. La lectura perezosa dice que Hikaru (monstruo) se limita a arrastrar el afecto del chico muerto como un archivo copiado a otro disco. La serie lo desmonta delante de ti. Su sentimiento nace de su propia situación, y se le ve crecer: de que Yoshiki lo vea exactamente como lo que es y no lo rechace; de que lo proteja en vez de delatarlo; de que Yoshiki lo cuide y tenga curiosidad por él; de ser, por primera vez en su existencia rara y breve, elegido. Nada de eso es prestado. Es un sentimiento con origen propio, y puedes verlo formarse.

De quién es el sentimiento

Nada de esto resuelve la pregunta más difícil, la que la serie mantiene abierta. En su peor momento, Hikaru (monstruo) confiesa que se está volviendo loco, porque ya no distingue cuáles de sus sentimientos son suyos y cuáles eran del chico que lleva puesto.

La animación lo dice antes que el diálogo: el Hikaru de verdad, en los flashbacks, casi nunca mira a Yoshiki de frente, mientras que Hikaru (monstruo) casi no mira otra cosa. Cuando Yoshiki le pregunta si le gusta y la respuesta llega inmediata, segura y enorme, Yoshiki llora — porque el Hikaru de verdad nunca dijo eso. La copia lo quiere más a las claras de lo que el original supo nunca.

¿De quién es entonces el sentimiento verdadero: de esa cosa enterrada y muda que el chico muerto quizá llevaba dentro y nunca dijo, o de esta otra dicha en voz alta, quizá prestada, quizá recién nacida, que es sin embargo la que lo sostiene de verdad por las noches? La apuesta de la serie es que un sentimiento del todo presente y del todo entregado quizá no valga menos por lo impuro de su origen. Todos, en nuestros afectos, ejecutamos cierta cantidad de código prestado — queremos en parte por memoria, por circunstancia y por quien necesitábamos que alguien fuera. A Hikaru (monstruo) solo le toca sufrir esa condición tan corriente en forma de crisis de identidad literal.

La costura, y lo que viene después

Dos escenas concentran toda la tensión erótica y existencial del asunto, y hay que verlas en el orden en que ocurren.

La primera es la del pecho. Hikaru (monstruo) se abre la camisa y le enseña a Yoshiki la costura — la hendidura que le atraviesa el cuerpo, donde la superficie humana da paso a lo que de verdad hay debajo — y lo hace como una invitación. Le dice que mire, que lo disfrute, perfectamente consciente de que a Yoshiki lo atrae ese cuerpo, el cuerpo del chico al que quería. Según todas las reglas del género, aquello debería funcionar como algo grotesco. En vez de eso está cargado de una ternura extraña y juguetona: un ofrecimiento, un acto de confianza, un coqueteo a través de una anatomía imposible. Y entonces llega el momento en el que la escena gira de verdad: Hikaru (monstruo) descubre que le gusta que Yoshiki lo toque. No se aparta de la mano metida dentro de él; tira de Yoshiki hacia sí. El monstruo quería que lo tocaran, y su propio deseo lo sorprende, casi lo avergüenza. Es una de las escenas más eróticas que he visto en animación, y no hay nada en ella con forma de sexo.

La segunda llega más adelante y es más oscura. El deseo lo desborda — Hikaru (monstruo) pierde el control e invade a Yoshiki, se mete dentro de él, y durante un instante espantoso Yoshiki nota, pese a todo, que le gusta. Y entonces Hikaru (monstruo) se retira. Sale de golpe, aterrado por lo que ha estado a punto de hacer, porque el mismo ser que desea a Yoshiki con esa intensidad no soporta la idea de hacerle daño. Deseo y cuidado, metidos en el mismo cuerpo, en guerra e inseparables.

El cuchillo

El precio de todo esto se paga más caro cuando Yoshiki decide que tiene que acabar con ello. Hay muertes en la aldea, Hikaru (monstruo) está enredado en ellas, y por un sentido del deber tan real como angustiado Yoshiki se propone pararlo. No sabe que al monstruo no se lo puede matar. Lo apuñala creyendo que quizá funcione de verdad, creyendo que quizá sea lo correcto, deshaciéndose por dentro mientras lo hace.

Hikaru (monstruo) no se defiende. Deja que se le vea la forma verdadera, se pelea en voz alta con lo que significa para él ser humano, le dice a Yoshiki que fue él quien le dio, por primera vez en su existencia, la sensación de pertenecer a algún sitio — y luego se arranca la mitad de su propio cuerpo y la entrega, se debilita, mantiene a raya su propio poder, un acto de devoción pura como respuesta a un intento de asesinato. Y Yoshiki vuelve a aceptarlo. Cómo no.

Debajo de todo hay un peso moral que la serie nunca deja que se resuelva. Yoshiki acoge, esconde y protege a la cosa que mató a su mejor amigo — que era además la primera persona a la que deseó —, y se enamora de ella. El asesino y el amado son el mismo cuerpo, inseparables, y no puede llorar al uno sin traicionar al otro. La serie se niega a limar esto hasta convertirlo en una lección. Deja que siga siendo lo que en realidad es: el clima imposible y permanente de su vida.

Tú eres mi monstruo

Hay una escena a la que vuelvo una y otra vez. Yoshiki se ha enfadado con Hikaru (monstruo), y Hikaru (monstruo) — una cosa innombrable que devoró a un chico en una montaña, un ser sin ningún interés propio en los sentimientos humanos — está en su cuarto, debajo de las sábanas, llorando, porque la persona a la que quiere está enfadada con él. Un monstruo llorando como un niño por amor. Y Yoshiki va hacia él y lo acepta, como se perdona a alguien con quien ya has decidido quedarte. Por encima suena «You Are My Monster», de TOOBOE, el tema de cierre adelantado a la propia escena, y el título no es una metáfora. Tú eres mi monstruo. Mío. El posesivo sostiene la serie entera.

Nada de esto sobreviviría a unas manos torpes. El oficio es descomunal. La dirección de Ryōhei Takeshita se contiene donde otro se habría ido a lo truculento, y disciplina el horror corporal para que siempre signifique algo en lugar de limitarse a dar asco. El dibujo es preciso, seguro y discretamente hermoso, y el verano rural está retratado con un calor que se nota. El guion confía en el silencio, en lo indirecto y en cómo se van acumulando despacio la inquietud y la ternura dentro del mismo gesto. Chiaki Kobayashi como Yoshiki y Shūichirō Umeda como Hikaru sostienen una carga emocional enorme con las inflexiones más mínimas de la voz — un titubeo, un tono plano, un calor que llega medio segundo tarde. Y el sonido trabaja de forma constante e invisible: la banda sonora de Taro Umebayashi mantiene el horror y la ternura en un mismo plano sin que se vean nunca las costuras, piezas instrumentales como «The Sound of a Key in the Door» convierten los ruidos más corrientes de una casa en algo cargado y vigilante, y «Saikai» — Reencuentro —, el tema de apertura de Vaundy, cuenta la premisa entera antes de que empiece siquiera un episodio.

Sería fácil catalogar esto como un anime de terror con una lectura queer potente, o como un BL sorprendentemente literario. No es ninguna de las dos cosas, y su autor hizo bien en rechazar las dos. Mokumokuren ha dicho con toda claridad que nunca fue un Boys' Love, que él lo entiende como una historia de terror sobre hacerse mayor, y que «no pasa nada porque haya historias queer que no vayan de romance» — el tema que él señala es universal: no ser normal y no tener un sitio al que pertenecer.

Que es exactamente lo que la serie es. Si importa o no el origen de un sentimiento. Si la devoción sobrevive cuando no se comparte ni siquiera la naturaleza. Dos criaturas que no pertenecen a ningún sitio descubriendo que al menos se pertenecen la una a la otra. La monstruosidad que sospechamos en nosotros mismos y que esperamos, contra toda evidencia, que alguien mire y elija de todos modos. Doce episodios, una segunda temporada confirmada, y ni una sola línea que se ponga profunda a la fuerza.