Soul Mate y los adornos del amor
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Soul Mate se clasifica, se vende y se comenta como BL — boys' love. Es una producción japonesa de Netflix escrita y dirigida por Shunki Hashizume, rodada entre Berlín, Seúl y Tokio, que sigue a Ryu Narutaki (Hayato Isomura) — un joven que huye de Japón después de destrozarle la vida a su mejor amigo — y a Johan Hwang (Ok Taec-yeon), un boxeador coreano que lo salva de morir en una iglesia lejos de casa. Su relación dura diez años.
Por convención del género, esa premisa viene con un catálogo preciso de momentos obligados: la mirada que se sostiene un segundo de más, el roce accidental del que ninguno de los dos aparta la mano, el primer beso, los celos, la declaración. Soul Mate no contiene casi ninguno. No están aplazados ni puestos en clave para que no los vea un censor. Sencillamente no están.
¿Es la contención una máscara?
La primera pregunta es si esto es una decisión de autor o una maniobra para esquivar la polémica. Ok Taec-yeon es una estrella mainstream del Hallyu y miembro de 2PM, y los actores de ese circuito en Asia oriental siguen lidiando con una presión conservadora muy real cuando se trata de papeles abiertamente queer. Mantenerlo todo casto es una manera cómoda de venderle una historia de «almas gemelas» al público del BL sin dejar de resultar digerible para la televisión nacional. Esa presión existe. Pero no explica lo que hace la serie, porque la contención de Soul Mate no está colocada donde la pondría el miedo a la polémica.
La comparación que zanja el asunto la dan las adaptaciones chinas de danmei, que se suelen describir como castas porque la censura china prohíbe de plano representar el romance entre personas del mismo sexo. De The Untamed y Word of Honor se dice que son contenidas. No lo son en absoluto: son extraordinariamente ruidosas. The Untamed codifica su relación central con miradas de anhelo incesantes, con la cinta de la frente que por ley de clan solo pueden tocar la familia y el cónyuge, con monólogos y declaraciones, con lo dispuestos que están a desafiar al clan y al estatus, con el propio hermano de uno de ellos, que señala abiertamente al otro como la persona que le estaba destinada, con más de una década de espera. La novela original describe intimidad física explícita. La censura eliminó lo que la cámara podía enseñar; no eliminó nada de la historia ni de la energía que transmiten los actores. El romance es total. Solo tiene prohibido ser literal.
Soul Mate hace lo contrario. La contención no es una máscara. Es el tejido.
No hay miradas de deseo, ni celos, ni declaraciones románticas — ni en pantalla ni por debajo. Nada en el guion ni en lo que desprenden los actores apunta a una pasión reprimida que se quede justo fuera de plano. Las demás relaciones de la serie funcionan igual; la intimidad física no es la moneda de cambio de ninguna de ellas. Si alguien me dijera que Ryu y Johan no se besan nunca, ni siquiera en la vida que la serie no filma, me lo creería sin problema — y, sobre todo, no cambiaría nada, porque el motor de su vínculo nunca iba a ser ese. El vínculo está hecho de otra cosa: compañía, cuidado, una forma de parentesco. Dos personas profundamente dañadas que se convierten en el refugio la una de la otra y se quedan ahí diez años. La serie trata eso — y no el deseo ni la posesión — como la forma más alta y más duradera de la devoción.
La sensibilidad que hay debajo
Todo esto nace de una sensibilidad japonesa. La narrativa japonesa venera desde hace siglos el entendimiento tácito y el mono no aware, la melancolía tierna de lo que no dura. Tiene además una tendencia cultural a separar la pasión física de la compañía de por vida — visible en algo tan documentado como el sekusuresu: las encuestas llevan años registrando cuántas parejas de largo recorrido dejan de tener intimidad y pasan a verse como familia.
Una estadística de encuesta no explica nada de un guion. Pero el instinto que hay detrás de las dos cosas es el mismo: en esta tradición, dos personas que construyen juntas un santuario y se mantienen enteras la una a la otra durante una década no son una historia de amor menor que una movida por el deseo. Puede que sea incluso la mayor. Esa premisa es lo bastante ajena a la gramática romántica occidental como para que, al principio, dé la impresión de que la serie se guarda algo. No se guarda nada. La cámara apunta a otro sitio.
Lo que sobrevive cuando lo quitas todo
El romance comercial — en todas las culturas — nos ha enseñado a reconocer el amor por un repertorio fijo de señales: el chispazo de los celos, la mirada que se demora, la declaración dramática, la progresión física. Son adornos. Son vistosos y cinematográficos, y por mucho que yo los disfrute tanto en pantalla como en la vida, son, al final, una cuestión de estilo. También pueden tapar aquello que se supone que señalan. Soul Mate los quita todos y sigue conmoviendo — que es la prueba. Nunca fueron la sustancia. Eran la superficie.
Esto funciona en las dos direcciones. Si una historia de amor puede conmover así sin nada de adorno, entonces el adorno no es lo que hace que el amor funcione. Lo cual explica el caso inverso, ese que cualquiera reconoce en la vida real: relaciones a reventar de todo eso — pasión, gestos, momentazos, intensidad — y sin embargo huecas, porque la sustancia callada que hay debajo, la parte que Soul Mate aísla y muestra sola, sencillamente no está. La serie es un experimento controlado que elimina una variable y demuestra que nunca fue la que sostenía el edificio.
Soul Mate no es impecable; como casi todo lo que se mueve en su registro, a ratos se hunde bajo su propia melancolía, y el ritmo se arrastra. Pero casi nada de lo que se vende bajo la etiqueta del romance o del BL espera de su público que reconozca el amor con los fuegos artificiales apagados. Esta serie sí. Lo que queda cuando los quitas son dos personas solas que eligen, durante diez años, sentarse en la misma habitación para que ninguna tenga que aguantar sola la oscuridad. La apuesta de la serie es que con eso basta. Y basta.