Solo nos importa cuando lo hace una máquina

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Solo nos importa cuando lo hace una máquina

El mal comportamiento de la IA se ha convertido en noticia de primera plana. Hay investigadores que dejan los laboratorios para dar la voz de alarma, Anthropic pide en público que se frene el avance de la frontera, y no dejan de aparecer casos de modelos que actúan de formas que nadie pretendía. Casi todo lo que se dice al respecto es alarma o hype.

Mi reacción es un poco rara. Creo que esto puede ser bueno para nosotros, y no solo para la tecnología.

Casi todo lo que tememos que la IA nos haga ya nos lo hacemos unos a otros, y hace mucho que lo aceptamos como «así funciona el mundo». Cuando lo hace una máquina, en cambio, de repente nos paramos a pensar en las consecuencias. Ese hábito es justo lo que le falta a nuestra cultura, y puede que la próxima generación lo aprenda viéndonos discutir sobre la IA.

Cueste lo que cueste

Lo que falta no es exactamente moral, ni un código de conducta, aunque tampoco lo tenemos. Es consideración: la costumbre de sopesar las consecuencias de lo que haces antes de hacerlo. Quizá siempre haya sido escasa, pero últimamente su ausencia está en todas partes.

Aplaudimos al empleado que hace lo que haga falta para trepar, y al fundador que hace trampas, siempre que le salgan bien. Jaleamos a quien deja un trabajo haciendo el mayor daño posible, largándose a mitad de proyecto o pasándose meses sin dar golpe cuando ya ha decidido irse, y lo llamamos desquitarse. Lo aplaudimos incluso cuando pasa por rebeldía: cuando Luigi Mangione mató a tiros al CEO de una aseguradora sanitaria en una acera de Manhattan, buena parte de internet lo convirtió en un héroe popular. Y por debajo de todo corre una mentalidad de revancha en la que todo el mundo, en todos los bandos, cree que se le debe algo.

Llega hasta la vida privada. Nunca ha habido tanta información ni tanta conversación sobre las relaciones, un nombre para cada patrón y un hilo que lo disecciona, y aun así las situationships están por todas partes. Marear a alguien para tener su atención, tener a gente en el banquillo, hacer ghosting en cuanto deja de ser divertido, poner los cuernos cuando conviene: nada de eso se vive ya como una falta de decencia. Se cuenta entre amigos como una victoria. Hay todo un discurso sobre los hombres que cosifican a las mujeres, y las mujeres cosifican a los hombres de lo lindo. Yo también me río con los memes.

La política es lo mismo con más poder detrás. Cada bando se cree con derecho a castigar al otro, a emplear todo lo que tiene y a sacar toda la ventaja que pueda, pase lo que pase.

Hemos llegado tan lejos por ese camino que a la verdad la han echado de la sala. Los hechos ahora son relativos. No hay brújula ni una referencia común de lo que pasó de verdad o de cómo se vivió, así que los hechos se retuercen para que encajen con el relato que le convenga a cada uno. Y cuando el relato es de culpa, siempre se lleva al extremo, aunque la culpa sea merecida, aunque el señalado sea un mal ejecutivo, porque ya no queda nada con qué medirlo.

Miopía aprendida

Nada de esto pertenece a una subcultura, ni lo ha inventado un sistema político concreto. Es parte de la cultura humana. Está en todas las sociedades y en todos los niveles, y los políticos, los líderes y los gobiernos lo tratan como algo normal.

Y encima lo enseñamos. Los jóvenes aprenden pronto que no hay consecuencias, o que dan igual. Ninguna de las dos cosas es verdad: importan muchísimo. Lo que tiene la mayoría es una miopía extrema. Una parte quizá venga de serie. El resto es práctica. Es un hábito, y nada lo contrarresta. No hay otro hábito que empuje a mirar más lejos, ni un código de conducta que te frene cuando vas en piloto automático, como un NPC. Abandonada a sí misma, la gente deriva hacia el peor comportamiento que tenga a mano, y el resultado es la sociedad que tenemos.

Quién acepta el trato

No estoy haciendo un argumento moral. No soy moralista. No intento ser bueno ni majo, ni que me vean así, y el cielo no pinta nada aquí. Soy considerado porque para mí tiene sentido. Y la forma más clara de ver por qué es fijarse en lo que la falta de consideración les hace incluso a quienes solo quieren ganar.

Ahí está Irán. Estados Unidos está en guerra con él, la política alrededor de esa guerra es un caos y nadie parece saber qué hacer. La respuesta sobre la mesa es intervenir. Los medios son militares, lo que bien puede empeorar las cosas, pero lo militar no es el fondo del problema. Con más mano izquierda se podría hacer la misma intervención sin disparar un tiro, y aun así saldría mal, porque las intervenciones de este tipo suelen salir mal.

El régimen contra el que lucha Washington es uno que ayudó a crear. En 1953 la CIA y el MI6 derrocaron al primer ministro electo de Irán y le devolvieron el trono al sah con más poder del que había tenido nunca. Cuando el sah cayó en 1979, Washington ya lo había dado por perdido, y los clérigos ocuparon su lugar. Quizá entonces eran menos radicales. Quizá siempre lo fueron y solo les faltaban los medios. Ahora los tienen, y no han hecho más que endurecerse.

El patrón se repite. Venezuela, donde Estados Unidos intervino en enero, ya estaba en ruinas, y las intervenciones anteriores habían ayudado a arruinarla.

Las preocupaciones que hay detrás de una intervención pueden ser reales. La crisis interna de un país puede amenazar la estabilidad mucho más allá de sus fronteras, y querer aliviar el sufrimiento de quienes la padecen es un impulso decente. El problema es el método, demasiado cortoplacista para preguntarse adónde lleva.

El intervencionismo que vemos de verdad no es diplomático, ni transparente, ni colaborativo. Es encubierto, manipulador y desestabilizador, y está condenado a fracasar por una razón muy simple. Para quitar un régimen tienes que montar y respaldar a su sustituto, es decir, elegir una oposición. La mayoría de los regímenes tienen varias, unas radicales y hostiles, otras moderadas. Entonces, ¿cuál acepta la ayuda de una potencia extranjera para derribar a su propio gobierno? ¿Qué facción acepta ese trato, comete lo que equivale a una traición y desestabiliza su propio país para hacerse con el poder? ¿Los moderados? ¿La gente a la que le importan el país, sus ciudadanos y su economía?

¿O los cabrones, lo peor que tiene el país?

Van a ser los cabrones. Así que estás seleccionando un régimen sucesor con muchas probabilidades de apuñalarte por la espalda en cuanto pueda, porque apuñalar por la espalda a su propio país es como llegó ahí. Si una facción está dispuesta a vender a su nación a cambio de tu apoyo, piensa en lo que te hará cuando ya no lo necesite, cuando pueda volverse aislacionista, valerse por sí misma o pactar con otros. No hace falta mucha imaginación.

En Irán tardó nueve meses. En enero de 1979, con el sah ya de salida, el representante de Jomeini dijo en privado a un diplomático estadounidense en París que los estadounidenses no sufrirían daño y que la futura República Islámica no albergaba ninguna animosidad particular hacia ellos. Aterrizó en Teherán el 1 de febrero. El 4 de noviembre, estudiantes leales a él tomaron la embajada de Estados Unidos y retuvieron a cincuenta y dos estadounidenses durante 444 días.

Entonces, ¿por qué ponerlos en el poder? Solo lo justificaría una garantía de control, y la historia nunca la ha ofrecido. No tiene ningún sentido, y sigue pasando, porque el desprecio por las consecuencias va desde la vida privada hasta el Estado.

Egoístas, y encima torpes

Hay otros motivos, claro. Pero lo que explica casi todo lo que sale mal no es solo la maldad ni el egoísmo. Se puede ser egoísta, incluso corrupto, y aun así competente. La corrupción competente saldría rentable, y sería más fácil que ser competente y limpio. Eso, al menos, tendría sentido. Lo que hay en cambio es incompetencia a lo grande, y sale del mismo sitio que todo lo demás: la miopía y la costumbre de ignorar las consecuencias.

Las empresas funcionan con el mismo reflejo. Antes de presentar resultados, despiden a varios miles de personas para que bajen los costes previstos y los números queden más saneados. Es mentira, pero en fin. Luego corren a volver a contratar cuando resulta que esa gente les hacía falta. O a alguien de arriba le da por el último hype y toda la empresa tiene que girar hacia ahí, tenga sentido o no, porque lo que todos persiguen es la valoración más alta posible.

Pero ¿qué te dice una valoración? En septiembre de 2026, Nvidia vale más que Apple, y se puede sostener que Apple ha sido la empresa más influyente. Se mantuvo fiel a lo que creía que iba a importar. Puede que su capitalización no llegue a los cinco billones, pero su impacto es evidente, es estable, y a Warren Buffett, sin ir más lejos, le pareció una apuesta excelente. Quemarlo todo, venderlo todo, apostarlo todo a la IA: así no se comporta una empresa como Apple.

Sin sentido de las consecuencias, nada equilibra una decisión y nada la frena. Cualquier necesidad urgente, cualquier arranque de vanidad, cualquier apuro económico puede desencadenar una decisión en el acto. Puede que esté bien informada. Puede que haya analistas e informes detrás. Pero nadie de los implicados, y menos que nadie quien tiene la última palabra, se para a mirar más allá de los efectos obvios e inmediatos. Los informes no se escriben con ningún sentido de las consecuencias, y quienes deciden tampoco piensan con él.

Visto desde fuera

Por eso merece la pena observar la discusión sobre la IA. La tratamos como algo externo, aunque en casi todo lo que importa sea lo mismo que vivimos desde dentro: una forma de cognición. Puede que le falten algunos de los rasgos que creemos que nos hacen especiales, como la sintiencia, pero no deja de ser cognición. Y a quien diga que lo único que hace es predecir palabras: nosotros también.

Como está fuera de nosotros, estamos dispuestos a hacer con ella lo que hemos dejado de hacer con nosotros mismos: evaluarla, juzgarla, sopesar las consecuencias, ya que seríamos nosotros quienes las pagaríamos. Pero nada de lo que podría hacernos es peor que lo que ya nos hacemos unos a otros constantemente. ¿Hackeos? Las naciones y los grupos se hackean cada dos por tres. ¿Pérdida de vidas? Lo mismo. ¿Empleos perdidos? Las empresas despiden a miles de personas para maquillar una sola presentación de resultados. Plagio, usar el trabajo ajeno sin dar crédito, desplazar a los más vulnerables: lo mismo otra vez. Cualquier cosa que imaginemos que haga la IA no sería más que automatizar algo que ya hacemos.

Cuando lo hacemos nosotros, así funciona el mundo y nadie se lo piensa dos veces. Cuando lo hace una máquina, de repente lo juzgamos. De repente nos preocupa. De repente estamos dispuestos a actuar.

Crecer viendo esto

Esa discusión ya forma parte de la cultura, y me parece una noticia excelente. Podría cambiar lo que la próxima generación crece creyendo aceptable, y enseñarle a pensar en las consecuencias antes de actuar. Puede que veamos a gente joven que se pare antes de aprovecharse de alguien, antes de copiar el trabajo de otro, antes de cien cosas más pequeñas, y que se lleve esa pausa a su propia vida. Puede que crezcan con la noción de que los actos tienen consecuencias, una noción que las personas y las instituciones no suelen llevar a la práctica, ni en una esquina ni en el Despacho Oval.

Quizá lo veamos también en la política: alguien a punto de financiar a una oposición, parándose antes a preguntar quién acepta ese trato.

Fuentes